Ana Palacio

Racionalidad en tiempos de Trump

 

MADRID – En la tragedia clásica griega Las Bacantes, el dios Dionisos, motivado por la sed de venganza y decidido a reconquistar el alma de la ciudad de Tebas, se enfrenta al inflexible e intolerante rey Penteo, cuya rigidez –su voluntad de neutralizar, en lugar de entender o encajar, las emociones avivadas por el apasionado y poco convencional Dionisos– acaba por suponer su ruina. Dionisos sale victorioso y Penteo sucumbe.

Hoy es el vehemente y volátil candidato a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, quienpone en jaque al establishment político con el objetivo de seducir los corazones de su país. Pero, Trump no es un dios. Es más, las repercusiones de su eventual victoria serían mucho peores para su nación de lo que lo fueron para Tebas, y el impacto del daño tendría alcance global.

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Pese a que, hoy en día, las posibilidades de Trump de ganar las elecciones parecen disminuir, sería prematuro –y en realidad extremadamente arriesgado– descartar por completo esta hipótesis. Tal y como dejó patente en junio el referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, los ciudadanos de los países democráticos son perfectamente capaces de tomar decisiones contrarias a sus propios intereses racionales –y esta tendencia viene ganando peso últimamente–.

Esta paradoja presenta, sin embargo, una cierta lógica. En un contexto de dificultades económicas y de crisis ligadas a la identidad nacional, y ante el populismo y sus instigadores del miedo –todo ello magnificado por medios de comunicación y redes sociales–, no resulta difícil comprender que la opinión pública se sienta atraída por voces e ideas que dan consuelo y sirven de válvula de escape a la frustración.

Fantasear con deus ex machina resulta tentador, pero no contribuirá a la resolución de ningún problema. Líderes de la índole de Trump no hacen sino empeorar gravemente la situación, en la medida en que ponen en peligro el sistema fundado en normas que tanta prosperidad y seguridad nos ha proporcionado a lo largo de las últimas siete décadas.

Hace un siglo, el sociólogo Max Weber distinguió tres tipos de legitimidad sobre las que puede reposar la autoridad de un gobierno: tradicional (un sistema heredado), carismática (ligada a la fuerza de la personalidad de un líder), y legal (conjunto de normas racionales aplicadas de forma justa). Para Weber, el Estado moderno descansa con toda claridad sobre la legitimidad legal.

Pero, en contra de la presunción de Weber, cada vez más occidentales consideran que ni la lógica ni la equidad de estas reglas son evidentes. Se crea de este modo un vacío que tratan de ocupar nuevos líderes sobre la base de su carisma personal y apelando a la tradición para ganar adeptos. Esta fórmula ha proliferado, desde los populistas occidentales de extrema derecha, hasta las células de captación del ISIS.

Sin duda, el sistema actual tiene graves deficiencias, y en nuestras democracias abundan los ejemplos de reglamentaciones descontroladas o de normas que se aplican de manera desigual. La frustración en torno al sistema presente no debería sorprender si a lo anterior se suman las diferencias de ingresos y la discriminación étnica o de género.

Lo sensato sería reformar el sistema, y no avivar esta huida en masa que cada vez apoyan más individuos. La clave para salvar un orden fundado en derecho no estriba únicamente en demostrar su indiscutible superioridad, sino también en reconocer y resolver sus flaquezas. Es el único camino para que los ciudadanos vean de nuevo las normas como fuente de protección, no de opresión.

La reforma no será sencilla. En política, resulta mucho más fácil –y, desde un punto de vista electoral, más rentable– criticar un sistema por sus imperfecciones, que defenderlo. Pero debemos defenderlo, y los dirigentes deberán explicar con contundencia por qué son necesarias las normas, y sensibilizar a la opinión pública sobre las razones por las que el sistema funciona como funciona.

También corresponde a los dirigentes analizar nuestro modelo en profundidad para realizar cambios esenciales, como revisar los procedimientos de elaboración de las normas, para que el resultado se ajuste mejor a la realidad del mundo moderno.

Ante la inminencia de los cambios actuales, existe la percepción de que el proceso de legislación formal es demasiado lento para mantenerse al día. Pero la seguridad jurídica que se deriva de estos procesos formales es crítica para reforzar la estabilidad que exige la senda de la prosperidad sostenida. Se necesita un enfoque actualizado que permita la evolución legislativa en un contexto de constante mutación, y con ello asegure que las normas respondan mejor a las necesidades de los ciudadanos.

El último paso para revitalizar el orden basado en normas y vencer al Dionisos destructivo de este mundo es a la vez el más exigente: reforzar las comunidades fundadas en derecho. Desarticulado por la modernidad, Occidente experimenta una vuelta a las identidades del pasado –nacionalismo, tribalismo, sectarismo– cuya fascinación reposa sobre su familiaridad y su permanencia.

Pero, es bien sabido que las políticas identitarias pueden ser muy destructivas. Por ello, resulta vital que las comunidades fundadas en derecho, como el Estado moderno, se erijan en amarre para los individuos, rebasados por las turbulencias del mundo actual. Dicho requisito implica superar la razón pura y establecer una conexión emocional con y entre los ciudadanos.

Este planteamiento puede parecer contraintuitivo. Por principio, la ley ha de ser racional e imparcial; ahí estriba su fuerza. Pero si queremos que el orden fundado en derecho sobreviva, éste deberá resonar tanto en las mentes como en los corazones de las personas.

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No está claro cómo abordar este proceso, pero sí que requerirá una base de valores comunes, y líderes que trabajen activa y consistentemente para ganar en credibilidad y cosechar la confianza de un público escéptico. De otro modo, veremos culminar el giro hacia un mundo ingobernable y moldeado por la pasión y las usurpaciones de poder.

El creciente atractivo de la irracionalidad debería servir de señal de alarma para los líderes racionales del mundo entero. Si queremos evitar que nuestras sociedades se precipiten contra las rocas atraídas por los cantos de sirena del carisma y la nostalgia, debemos comprometernos con la defensa del ordenamiento jurídico y liberarlo de su rigidez actual. Después de todo, no lograrlo llevó a Penteo a la muerte.

 

 

Reason in the Age of Trump

 

 

MADRID – In the classical Greek tragedy The Bacchae, the god Dionysus, powered by a thirst for vengeance, battles the inflexible and closed-minded King Pentheus for the soul of Thebes. Ultimately, Pentheus’s rigidity – his attempt to suppress, rather than understand or adapt to, the emotions inflamed by the passionate and unconventional Dionysus – proves to be his undoing. Dionysus emerges victorious, and Pentheus is ripped to shreds.

Today, the emotional and mercurial Donald Trump is challenging the US political establishment for America’s soul. But Trump is no god. And if he wins this battle, his country will be far worse off than Thebes, and the repercussions will be felt by the entire world.

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While the likelihood of a Trump presidency seems to be declining by the day, it would be premature – and, indeed, highly risky – to dismiss it altogether. As the British vote in June to exit the European Union starkly demonstrated, citizens of democratic countries are more than capable of making choices that contradict their own rational self-interest – a trend that has lately been picking up steam.

Paradoxically, this is not altogether illogical. Amid economic struggle, national identity crises, and populist fearmongering – all amplified by social media – there is some sense in gravitating toward voices and ideas that provide comfort and an outlet for frustration.

But, while the fantasy of deus ex machina may feel good, it will not solve any problems. Leaders like Trump make things much worse, because they undermine the rules-based system that has delivered untold prosperity and security over the last seven decades.

A century ago, the sociologist Max Weber classified the three types of legitimacy that can ground governmental authority: traditional (an inherited system); charismatic (a particular leader’s force of personality); or legal (a set of rational rules, applied fairly). For Weber, the modern state was rooted in a self-evident legal legitimacy.

But, contrary to Weber’s assumptions, a growing number of Westerners today regard neither the logic nor the fairness of the rules as obvious. This leaves space for new leaders to step in, using personal charisma and appeals to tradition to win support. For everyone from right-wing populists in the West to ISIS recruiters, the combination has proved to be a powerful one.

To be sure, there are real problems with the current system. Western democracies offer endless examples of regulation run amok, as well as instances of rules being applied unevenly. Add to that enduring income, racial, and gender inequality, and frustration with the current system is not surprising.

But this is reason to pursue reform, not to advocate the wholesale exit that people are increasingly supporting. And, indeed, the key to saving a rules-based order is not just to demonstrate its unquestionable superiority, but also to acknowledge and address its flaws. That is the only way to change the perception of rules as a source of oppression, rather than protection.

Reform will not be easy. Politically, it is much simpler – and electorally more rewarding – to criticize a system than it is to defend it, especially when that system is far from perfect. But defend it we must, with leaders explaining effectively why rules are necessary, including by educating the public on why the system operates the way it does.

At the same time, policymakers must take a deeper look at the system, and make vital changes. Specifically, they must adjust how rules are made, to ensure that what results is fit for the modern world.

At a time when change happens at lightning speed, there is a perception that formal rule-making is too slow to keep up. But the predictable rules that formal processes produce remain critical to reinforce the stability required for sustained prosperity. What is needed is an updated approach that supports the evolution of law in a constantly evolving environment, thereby ensuring that law is more responsive to the needs of citizens.

The final item on the agenda for reviving the rules-based order, and defeating the world’s destructive Dionysuses, is the most challenging: we must reinforce rules-based communities. Dislocated by modernity, the West has seen a turn towards identities of the past – nationalism, tribalism, sectarianism – whose allure rests in their familiarity and certainty.

But identity politics, it is well known, can be very destructive. That is why it is critical that rules-based communities, such as the modern state, become a hook that people overwhelmed by change can grasp. This means moving beyond pure reason to establish an emotional connection with and among citizens.

This may seem counterintuitive. Law is supposed to be impartial and rational; that is its core strength. But if the rules-based order is to survive, it must resonate in people’s hearts, as well as their heads.

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It is not yet clear precisely how to approach this process. What is clear is that it will require a foundation of common values, and leaders who work actively and consistently to build credibility and earn a skeptical public’s trust. Otherwise, we will see the shift toward an unruly world, one shaped by passion and power grabs, gain momentum.

The growing appeal of irrationality should be a wake-up call to rational leaders everywhere. If we want to prevent our societies from being lured onto the rocks by the siren song of charisma and nostalgia, we must make a strong case for the rule of law, while rejecting rigidity. Failure to do so is, after all, what got Pentheus killed.

 

 

 

Un esprit de raison à l’ère Donald Trump

 

 

MADRID – Dans la tragédie grecque classique Les Bacchantes, le dieu Dionysos, animé par une soif de vengeance et déterminé à reconquérir l’âme de la ville de Thèbes, combat l’inflexible roi Penthée, qui refuse de reconnaître son culte. En fin de compte, c’est la rigidité de Penthée – sa volonté de neutraliser les émotions attisées par le passionné et peu conventionnel Dionysos – qui le conduira à sa perte. Dionysos en sortira victorieux, et Penthée taillé en pièces.

Aujourd’hui, le passionné et volatile candidat Donald Trump vient mettre au défi l’establishment politique américain, avec pour objectif de conquérir l’âme des États-Unis. Seulement, Trump n’est pas un dieu. De plus, s’il remporte la bataille, son pays connaîtra une situation bien plus défavorable que Thèbes, et les répercussions se feront sentir dans le monde entier.

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Bien que la probabilité d’une présidence Trump s’amenuise un peu plus chaque jour, il serait prématuré – et en réalité extrêmement risqué – d’exclure totalement cette possibilité. Comme l’a clairement démontré le vote britannique du mois de juin sur la sortie du Royaume-Uni hors de l’Union européenne, les citoyens des pays démocratiques sont tout à fait capables de formuler des choix contraires à leurs propres intérêts rationnels – une tendance qui monte en puissance depuis quelque temps.

Paradoxalement, cette tendance présente une certaine logique. Dans un contexte de difficultés économiques, de crises liées à l’identité nationale, et en présence d’un populisme qui ne cesse d’exploiter les peurs – le tout amplifié par les médias sociaux – il est compréhensible que les esprits gravitent en direction de voix et d’idées qui suscitent un certain réconfort, et qui font office d’exutoire des frustrations.

Mais bien que le fantasme d’un deus ex machina puisse sembler plaisant, il ne contribue en rien à la résolution des problèmes. Les leaders tels que Donald Trump ne parviennent qu’à aggraver sensiblement la situation, dans la mesure où ils mettent à mal ce système fondé sur des règles qui produit une prospérité et une sécurité inestimables depuis sept décennies.

Il y a un siècle, le sociologue Max Weber catégorisait trois types de légitimité susceptibles de fonder l’autorité d’un gouvernement : la légitimité traditionnelle (celle d’un système hérité), la légitimité charismatique (liée à la force de personnalité d’un leader), et la légitimité légale (ensemble de règles rationnelles appliquées de manière juste). Pour Weber, l’État moderne reposait sur une évidente légitimité légale.

Mais contrairement aux hypothèses de Weber, de plus en plus d’Occidentaux ne considèrent plus comme évidentes ni la logique, ni l’équité des règles. Ceci crée un espace que peuvent investir de nouveau leaders, qui usent de leur charisme personnel et en appellent à la tradition pour gagner en soutien. Qu’elle soit exploitée par les populistes d’extrême droit en Europe, ou par les recruteurs de l’État islamique, cette combinaison se révèle puissamment efficace.

Le système actuel présente bien entendu des défaillances réelles. Les démocraties occidentales abondent d’exemples de réglementations hors de contrôle, ainsi que de règles appliquées de manière inégale. Ajoutez à cela les inégalités de revenus, les inégalités liées au sexe ou à l’appartenance ethnique, et la frustration autour du système actuel apparaît peu surprenante.

Seulement voilà, tout ceci devrait justifier la mise en œuvre de réformes, et non la promotion de cette fuite de masse que les individus sont de plus en plus nombreux à soutenir. Et le fait est que la clé du salut d’un ordre fondé sur les règles ne consiste pas seulement à démontrer son indiscutable supériorité, mais également à reconnaître et à résoudre ses défaillances. Telle est la seule manière de faire comprendre aux citoyens que les règles constituent non pas une source d’oppression, mais une source de protection.

La réforme ne sera pas facile. Il est beaucoup plus simple politiquement – et plus profitable électoralement – de critiquer un système que de le défendre, et particulièrement lorsque ce système est tout sauf parfait. Il nous appartient néanmoins de le défendre, et il incombe pour cela aux dirigeants d’expliquer efficacement pourquoi les règles sont nécessaires, y compris en sensibilisant le public sur les raisons pour lesquelles le système fonctionne de la manière qui est la sienne.

Il appartient dans le même temps aux dirigeants politiques d’examiner le système plus en profondeur, et de procéder à des changements essentiels. Il leur faut plus précisément ajuster la manière dont les règles sont élaborées, afin que le fruit de ces règles s’inscrive au plus près de la réalité du monde moderne.

À l’heure où les changements surviennent en un éclair, il règne une conception selon laquelle le processus formel d’élaboration des règles serait trop lent pour pouvoir suivre le rythme. Or, les règles prévisibles que produisent ces processus formels demeurent essentiels au renforcement de la stabilité qu’exige une prospérité durable. La nécessité est en revanche celle d’une approche actualisée, qui soutienne l’évolution du droit dans un environnement sans cesse changeant, de sorte que le droit réponde plus efficacement aux besoins des citoyens.

Le dernier élément de cette démarche de redynamisation d’un ordre basé sur des règles, et de triomphe sur les Dionysos destructeurs de ce monde, est également le plus difficile : il nous faut renforcer les communautés fondées sur des règles. Disloqué par la modernité, l’Occident opère un virage retour vers les identités du passé – nationalisme, tribalisme et sectarisme – dont le charme réside dans la familiarité et la certitude.

Or c’est bien connu, les politiques identitaires peuvent se révéler extrêmement destructrices. C’est pourquoi il est si important que les communautés fondées sur des règles, à l’instar de l’État moderne, deviennent un point d’ancrage auquel puissent s’agripper les individus que le changement submerge. Cette objectif implique d’œuvrer au-delà de la simple rationalité, en créant un lien émotionnel auprès des citoyens, et entre les citoyens eux-mêmes.

Ceci peut sembler contraire à l’intuition. Le droit est censé se montrer impartial et rationnel ; c’est là sa principale force. Néanmoins, si l’ordre fondé sur les règles entend survivre, il va lui falloir résonner dans le cœur des individus, ainsi que dans leur esprit.

La manière exacte d’aborder cette démarche demeure à ce jour incertaine. Ce qui est clair, c’est qu’elle exigera la fondation de valeur communes, de même que la présence de dirigeants qui œuvrent activement et durablement pour bâtir une crédibilité, et gagner la confiance d’une opinion publique sceptique. À défaut, nous verrons gagner en dynamique un virage en direction d’un monde désordonné, façonné par les passions et les coups de force.

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L’attrait croissant que suscite l’irrationalité doit servir de signal d’alarme au dirigeants rationnels du monde entier. Si nous entendons empêcher que nos sociétés se retrouvent piégées dans les abysses par les sirènes du charisme et de la nostalgie, il va nous falloir promouvoir activement la primauté du droit, sans pour autant faire preuve de rigidité. C’est après tout l’échec sur cette voie qui coûta la vie à Penthée.

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